Claudia Sheinbaum llega a su primer informe de gobierno en medio de un convulso escenario político protagonizado por figuras de su propio partido. A pesar de su reputación como líder austera y su intención de encabezar un gobierno cercano al pueblo, la atención mediática se centra más en las controversias de los llamados «obradoristas» que la rodean. Durante el cierre del primer año legislativo, la presidenta enfrenta la sombra de escándalos y rivalidades internas que incluyen a políticos prominentes como Gerardo Fernández Noroña y Adán Augusto López Hernández, quienes protagonizan pugnas y disputas que desvían la atención de la agenda gubernamental.
Mientras Sheinbaum intenta mantener el enfoque en políticas de desarrollo y estabilidad económica, sus compañeros de partido protagonizan una serie de episodios que comprometen la percepción pública del gobierno actual. Las acciones cuestionables y ostentosas de algunos líderes, que van desde adquisiciones inmobiliarias hasta viajes polémicos, han opacado la imagen del partido y han generado escepticismo tanto en la población como en posibles inversionistas. Este contexto de desavenencias y falta de disciplina interna no solo complica la gobernabilidad de Sheinbaum, sino que también pone en riesgo las promesas reformistas del partido al promover una inestabilidad política que podría tener consecuencias a largo plazo.
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