
En la década de los setenta, la violencia en Guadalajara, capital del estado de Jalisco, era parte del paisaje cotidiano, con la población local tan familiarizada con el sonido de los disparos que podía identificar los calibres de las balas. A lo largo de los años, poco ha cambiado. La ciudad ha sido un campo de batalla entre policías y grupos armados, iniciando con la búsqueda de la Liga 23 de septiembre y evolucionando a enfrentamientos más complejos con la llegada del Cártel de Guadalajara, fundado por criminales sinaloenses. La violencia se ha grabado en la memoria colectiva de los tapatíos, quienes han vivido episodios de terror como el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto y el secuestro y tortura de un agente de la DEA, situaciones que han sembrado un profundo sentimiento de incertidumbre y desconfianza hacia las autoridades.
Recientemente, la muerte de Nemesio Oseguera, alias «El Mencho», líder del poderoso Cártel Jalisco Nueva Generación, sumió nuevamente a Guadalajara en un ambiente de inquietud y tensión. La ciudad, en un estado de alerta similar al de la pandemia por la COVID-19, experimentó un notable descenso en su actividad cotidiana, con calles desiertas y comercios cerrados. Aunque un operativo militar logró la captura de un importante criminal, la sensación de peligro persiste debido a la complicidad de sectores políticos y empresariales con el narcotráfico, un problema que ha hecho metástasis en todo Jalisco. La respuesta indefinida del gobierno aumenta la desconfianza entre los ciudadanos, quienes ven cada día como una amenaza potencial de violencia desatada y recurren a la cautela, un comportamiento aprendido de sus experiencias pasadas con eventos devastadores.
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