

Las aftas bucales, conocidas también como úlceras en la boca, suelen ser lesiones incómodas que muchos experimentan en algún momento de su vida. Generalmente, estas heridas internas, que aparecen en lugares como la cara interna de las mejillas, las encías, debajo de la lengua, o en el paladar blando, se curan solas en una o dos semanas. Sin embargo, su presencia recurrente o persistente puede indicar problemas que requieren atención médica.
A diferencia del herpes labial, estas llagas no aparecen en la superficie externa de los labios y no se transmiten entre personas. Tienen un centro blanquecino, gris o amarillento, rodeado por un borde rojizo, y pueden ir acompañadas de síntomas previos como ardor, molestias o sensación de hormigueo. Los diferentes tipos de aftas incluyen la menor, que suele ser pequeña y de curación rápida; la mayor, más profunda y dolorosa, con un proceso de recuperación que puede extenderse hasta seis semanas; y la herpetiforme, que presenta múltiples ulceraciones diminutas agrupadas.
La causa exacta de estas lesiones no siempre es clara, pero varios factores pueden desencadenarlas. Traumatismos leves como morderse accidentalmente, cepillados agresivos, aparatos de ortodoncia o prótesis mal ajustadas, quemaduras por alimentos muy calientes, así como la tensión emocional, el cansancio, cambios hormonales y ciertas deficiencias nutricionales —como en hierro, ácido fólico, zinc, vitamina B12 o vitamina D— están vinculados a su aparición. Además, algunos productos, como dentífricos que contienen lauril sulfato de sodio, pueden irritar la mucosa oral y predisponer a estas heridas.
Desde el punto de vista médico, también se consideran otras alteraciones similares en la boca, como la eritroplasia o la leucoplasia, que pueden ser precancerosas o producto de irritaciones crónicas. En casos más severos, una lesión que no sana, aumenta de tamaño, sangra o se presenta junto a enrojecimiento progresivo, debe ser evaluada rápidamente por un especialista, ya que podría tratarse de un cáncer oral u otra enfermedad autoinmune o viral subyacente, como la enfermedad de Crohn, lupus, enfermedad de Behçet o infecciones por VIH.
El tratamiento para las aftas suele centrarse en aliviar el dolor y promover la cicatrización. Recomendaciones básicas incluyen mantener una buena hidratación, optar por alimentos blandos, evitar los productos irritantes como alimentos picantes, salados o ácidos y emplear un cepillo de cerdas suaves. En algunos casos, enjuagues con agua salada o bebidas frías ofrecen alivio temporal. La disponibilidad de productos de venta libre en farmacias, como geles analgésicos, colutorios antimicrobianos y aerosoles, también ayuda a manejar el malestar.
Es importante acudir a un especialista si las lesiones reaparecen con frecuencia, persisten más de dos o tres semanas, o si además aparecen otros síntomas como fiebre, lesiones en otras partes del cuerpo, articulaciones inflamadas o alteraciones en el estado general. La identificación de desencadenantes específicos, como ciertos alimentos, el estrés, o malos hábitos de higiene oral, puede ayudar a prevenir su recurrencia.
En conclusión, aunque las aftas bucales son comunes y en la mayoría de los casos no revisten mayor gravedad, su carácter recurrente o prolongado exige atención médica adecuada. La higiene bucal, una dieta equilibrada, evitar irritantes y la consulta temprana ante lesiones persistentes son las mejores estrategias para mantener una boca sana y prevenir complicaciones mayores.
