El viernes, las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) ejecutaron un bombardeo sobre el cuartel general de Hizbulá en Beirut, presuntamente eliminando a su líder, Hasan Nasralá, y al comandante del Frente Sur, Ali Karki. El gobierno israelí, encabezado por el primer ministro Benjamin Netanyahu, quien ordenó el ataque desde Nueva York, afirmó que esta operación ha logrado su objetivo y que Nasralá «ya no podrá aterrorizar al mundo». Sin embargo, Hizbulá no ha confirmado la muerte de su líder, aunque fuentes internas admitieron a France Presse que han perdido contacto con Nasralá desde la noche del viernes. En respuesta, la IDF ha difundido un comunicado detallando cómo fue llevado a cabo el ataque, basándose en «información precisa» de sus servicios de inteligencia.
Este ataque marca una escalada significativa en el conflicto entre Israel y Hizbulá, con cinco bombardeos recientes sobre Beirut en la última semana y la eliminación de diversos líderes de la milicia chií desde julio. La intensificación de las acciones militares ha dejado un saldo trágico de más de 500 muertos y 1,800 heridos desde el lunes pasado, la jornada más sangrienta desde la guerra civil libanesa. Israel reconoce que sus ataques son el preludio a una operación terrestre para permitir el regreso de miles de desplazados israelíes a sus hogares. Mientras tanto, Líbano se enfrenta a un éxodo masivo y creciente, con decenas de miles de personas desplazadas, y la perspectiva de un conflicto prolongado y destructivo en Oriente Próximo se vuelve cada vez más inevitable.
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