
En las montañas costeras del este de Siria, donde las comunidades alauíes han vivido por generaciones, el laurel ha adquirido un significado que trasciende su tradicional uso culinario y cosmético. Con la caída del régimen de Bachar El Asad en diciembre, la recolección de hojas de laurel se ha convertido en una actividad de alto riesgo, ya que las familias deben decidir entre arriesgar sus vidas en los bosques o enfrentar el hambre. La violencia, a menudo dirigida contra la comunidad alauí, ha dejado una estela de muerte y miedo. Eyad, un recolector de hojas de laurel, recuerda el temor de ser atrapado en medio de los disparos mientras trabajaba para alimentar a su familia. La inseguridad alimentaria obliga a muchos a regresar al mismo lugar peligroso día tras día, evidenciando una paradoja donde quienes antes eran funcionarios o maestros, ahora cosechan laurel para sobrevivir.
La difícil situación se agrava con los bajos ingresos que obtienen por su ardua labor: un día entero recolectando hojas en terrenos escarpados apenas alcanza para ganar dos euros. Ni siquiera los niños escapan a esta dolorosa realidad; en lugar de asistir a la escuela, deben subir y bajar por las montañas con pesadas bolsas de laurel, buscando evitar enfrentamientos armados. Abu Fuad, desde su tienda en Latakia, explica que aunque quisiera, no puede ofrecer mejores precios a los recolectores, ya que está atado a las tarifas impuestas por los exportadores. Mientras el laurel de Alepo alcanza altos precios en los mercados internacionales como ingrediente preciado en productos de lujo, los beneficios no regresan a las familias que arriesgan sus vidas en Siria. Las historias de estos recolectores y sus sacrificios ilustran una compleja trama de pobreza, riesgo y desigualdad, donde el ciclo de supervivencia parece interminable.
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