

Europa y buena parte de Occidente viven una contradicción cada vez más difícil de disimular: se celebra la productividad, pero se teme la consecuencia lógica de esa productividad cuando convierte tareas —y, a veces, empleos enteros— en algo prescindible. Un vídeo de Marc Vidal que circula estos días en redes formula esa tensión con crudeza: la economía promete “sitio para todos” si se participa en el mercado laboral, pero esa promesa empieza a resquebrajarse justo cuando la Inteligencia Artificial y la automatización aceleran como nunca.
La discusión suele presentarse como un dilema moral sobre inmigración —compasión frente a rechazo—, pero el análisis del vídeo sostiene que el problema real no es “la inmigración” como concepto, sino el tipo de inmigración que se impulsa en un contexto económico que está cambiando de forma radical. En otras palabras: incorporar población a empleos de bajo valor añadido cuando la tecnología tiende a eliminar precisamente esos trabajos puede convertirse en una trampa social a medio plazo. La foto puede ser útil en el corto —se cubren vacantes, se sostienen sectores enteros—, pero el riesgo es terminar integrando a millones de personas en actividades condenadas a comprimirse por automatización, precariedad o ambas.
Durante décadas, la automatización se asociaba a brazos mecánicos en líneas de producción. Esa imagen sigue siendo real, pero hoy resulta incompleta: la nueva ola apunta también a tareas de oficina, servicios y trabajos “de teclado”. Según una actualización de la Organización Internacional del Trabajo, uno de cada cuatro empleos en el mundo está potencialmente expuesto a la Inteligencia Artificial generativa, con una exposición mayor en países de ingresos altos; y su impacto más probable, matiza la propia organización, no es la automatización total, sino la transformación de tareas dentro de los puestos.
En paralelo, el avance industrial no se frena: la densidad media global de robots en fábricas alcanzó un récord de 162 unidades por cada 10.000 empleados en 2023, más del doble que siete años antes, según los datos “World Robotics” de la Federación Internacional de Robótica.
El resultado es una mezcla explosiva para el debate público: el “inmigrante” es visible y fácilmente politizable; el algoritmo, en cambio, es silencioso. Y cuando el foco se pone solo en lo visible, se corre el riesgo de discutir el síntoma —quién compite por un puesto— y no la causa estructural: por qué ese puesto deja de ser necesario o deja de pagarse como antes.
El vídeo propone mirar a países donde la demografía ya “rompió el guion”. Japón es el caso recurrente: envejecimiento rápido, caída de población activa y presión por mantener producción y servicios. Su respuesta histórica ha sido apostar fuerte por automatización… pero incluso allí se han abierto vías para atraer trabajadores extranjeros en sectores con escasez.
Los datos recientes muestran que la población extranjera en Japón alcanzó 3,8 millones en 2024, alrededor del 3 % del total, tras crecer a doble dígito interanual, según información recogida por Reuters sobre un informe gubernamental. En ese marco, el país ha ido ajustando programas de visado laboral, combinando control, necesidades productivas y presiones sociales internas.
Suiza suele aparecer como el contraejemplo europeo: alta productividad, industria de precisión y un modelo que combina automatización con atracción de talento relativamente cualificado y ordenado. La idea de fondo no es que exista una fórmula mágica, sino que —si se busca estabilidad— el diseño importa: qué tipo de economía se quiere, qué formación se impulsa, qué sectores se protegen y cómo se gestiona la integración.
Donde el vídeo se vuelve más incómodo es al aterrizar en el sur de Europa: economías con envejecimiento, sectores intensivos en mano de obra, productividad históricamente más baja y mercados laborales duales. En ese ecosistema, la inmigración suele funcionar como solución rápida para cubrir vacantes en hostelería, cuidados, agricultura o logística. Pero también puede convertirse —si se abusa del atajo— en un incentivo perverso: si siempre hay trabajo barato disponible, se retrasa la inversión en capital, automatización y reorganización productiva.
En España, por ejemplo, la afiliación media de trabajadores extranjeros a la Seguridad Social rondó los 3,0 millones en 2025 y cerró el año en máximos, con cifras desestacionalizadas por encima de los 3,1 millones, según datos oficiales del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Ese músculo laboral sostiene actividad y cotizaciones, pero no resuelve por sí mismo la pregunta central: ¿qué pasa cuando los sectores que más absorben empleo son, a la vez, los más expuestos a automatización parcial, a compresión salarial o a ciclos económicos adversos?
Aquí aparece la palabra que el debate suele esquivar: productividad, es decir, cuánto valor se produce por hora trabajada. Si la productividad no crece, el sistema tiende a ajustar por dos vías clásicas: salarios bajos o precios altos. Y si la tecnología permite producir lo mismo con menos horas, el “empleo” deja de ser una garantía cultural y se convierte en una variable económica.
Para explicar por qué el relato importa tanto, el vídeo recurre a Estados Unidos: durante años, parte de la política culpó casi exclusivamente a la inmigración o al comercio exterior de la pérdida de empleo industrial. Sin embargo, investigaciones muy citadas en el debate económico han defendido que, entre 2000 y 2010, la mayor parte del empleo manufacturero perdido se explicó por ganancias de productividad (automatización y mejoras de proceso), en el entorno del 85 %-87 %, frente a una porción menor asociada al comercio.
Más allá de la cifra exacta —discutida por distintos centros de análisis—, la conclusión práctica es la misma: cuando una economía automatiza, el ajuste no siempre se percibe como desempleo temporal, sino como pérdida de poder negociador del trabajo y degradación del valor de tareas que antes sostenían una carrera profesional.
El vídeo remata con una cuestión que empieza a aparecer en conversaciones empresariales y familiares: ¿qué se le ofrece a una persona cuando su valor de mercado cae, aunque su valor humano no haya cambiado? No es solo un dilema ético; es un problema de estabilidad. Porque, si el empleo deja de ser el mecanismo principal de integración social —o si se polariza entre trabajos muy cualificados y trabajos mal pagados—, el conflicto no se resuelve con eslóganes.
Y ahí es donde el debate “inmigrantes o robots” se queda corto. La automatización no “llueve”: es una decisión de inversión, de regulación, de incentivos y de tolerancia social a sus consecuencias. La historia lo recuerda —a veces de forma casi literal— desde las tensiones de la Revolución Industrial hasta los movimientos obreros que protestaban menos contra las máquinas que contra quedarse fuera del sistema sin transición.
Hoy, con la Inteligencia Artificial entrando en tareas cognitivas, la urgencia es diseñar transiciones: formación útil, movilidad laboral real, incentivos a la inversión productiva y políticas migratorias que no funcionen como parche permanente para una economía que no termina de modernizarse. Porque si el futuro del trabajo se decide sin mirar a la productividad y a la cohesión social a la vez, la factura llega… aunque todavía no esté claro a nombre de quién.
¿Qué significa que un empleo esté “expuesto” a la Inteligencia Artificial generativa?
Que parte de sus tareas (redactar, resumir, clasificar, programar, atender consultas, etc.) puede ser asistida o acelerada por herramientas de IA, aunque el puesto completo no desaparezca necesariamente.
¿Por qué la robotización puede presionar los salarios incluso sin destruir millones de empleos?
Porque si tareas que justificaban un salario se abaratan o se automatizan parcialmente, el valor de mercado de esas tareas cae y el empleo puede “devaluarse” aunque se mantenga.
¿Qué sectores son más vulnerables en economías como España ante automatización y competencia por costes?
Los más intensivos en mano de obra y con baja productividad por hora trabajada, especialmente si dependen de márgenes estrechos y de rotación alta (servicios, logística, parte del comercio y ciertos segmentos de cuidados).
¿Tiene sentido plantear inmigración y automatización como alternativas excluyentes?
No necesariamente: algunos países combinan automatización con inmigración más cualificada y ordenada. El reto es evitar que la inmigración se convierta en sustituto estructural de la modernización productiva.
