
En una operación sin precedentes, Estados Unidos llevó a cabo su mayor despliegue militar en América Latina desde la invasión de Panamá hace 36 años. La acción, que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, involucró a 150 aviones, la unidad de élite Delta Force y varias agencias de inteligencia. La clave del éxito fue la información proporcionada por la CIA, que se infiltró en Venezuela desde el verano pasado. Los espías lograron localizar a Maduro en una instalación militar cerca de Caracas, donde la Delta Force lo detuvo antes de que pudiera refugiarse en una habitación segura. Posteriormente, Maduro fue trasladado a Nueva York para enfrentar cargos de narcoterrorismo, en tanto que la fiscal general Pam Bondi destacó la colaboración del líder venezolano con organizaciones delictivas internacionales.
La intervención no solo sorprende por su magnitud, sino también por el papel crucial que desempeñaron las operaciones encubiertas de la CIA. Un pequeño equipo de agentes se introdujo en Caracas para identificar informantes dentro del círculo de poder de Maduro, lo que les permitió seguir su rastro y anticipar sus movimientos. Las revelaciones sobre la vida privada de Maduro y su círculo más cercano allanaron el camino para su captura. Esta operación se enmarca en una campaña más amplia de presión que incluyó acciones militares norteamericanas en el Caribe y el Pacífico para destruir embarcaciones que supuestamente transportaban drogas. Autoridades estadounidenses aseguraron que el muelle atacado en Venezuela era clave para el tráfico de cocaína, agravando las tensiones entre ambos países. El director de la CIA, John Ratcliffe, había prometido impulsar un enfoque más agresivo para defender la política estadounidense, una afirmación que se concretó con esta intervención.
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