
La reciente designación de Roberto Velasco como nuevo canciller de México no debería evaluarse únicamente bajo la lente de su juventud o su falta de experiencia en el servicio exterior. La elección de Velasco por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum responde a una estrategia bien calculada para enfrentar los desafíos actuales en la política exterior. Velasco ha sido una figura clave en la relación bilateral México-Estados Unidos, contando con la confianza de Washington y un vínculo sólido con el secretario de Economía, Marcelo Ebrard. En un contexto donde la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC) requiere experiencia inmediata, Velasco representa una apuesta por la continuidad y la previsibilidad. Su nombramiento pretende asegurar que no haya desviaciones en las relaciones diplomáticas en un momento crítico.
Sin embargo, más allá del cambio en la cúpula de la Cancillería, persiste un problema estructural: el abandono del personal en los niveles más bajos del servicio exterior mexicano. Durante décadas, la falta de incremento salarial y las condiciones laborales precarias han generado un éxodo significativo de funcionarios, comprometiendo la operatividad de los consulados. En Estados Unidos, por ejemplo, casi el 17% de las posiciones diplomáticas están vacantes. Esta situación plantea serias dudas sobre la capacidad de México para proteger sus intereses en el TMEC y atender a sus migrantes de manera eficaz. Si bien la continuidad en el liderazgo es crucial, la verdadera fortaleza de la Cancillería depende del bienestar y la estabilidad de todo su personal. La administración Sheinbaum debe preocuparse por estas raíces si aspira a una diplomacia que realmente represente y defienda al país en el ámbito internacional.
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