El líder encarcelado del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), Abdullah Öcalan, ha emitido un llamamiento desde la prisión para que los militantes del grupo depongan las armas y comiencen un proceso de paz con el Gobierno de Turquía. Este inusual gesto se produce en un momento de alta tensión en la región, donde el conflicto entre el PKK y el Estado turco, que lleva décadas en curso, ha resultado en numerosas pérdidas humanas y ha afectado la estabilidad del sureste de Turquía. La propuesta de desarme, considerada histórica por algunos analistas, podría abrir la puerta a negociaciones que buscan poner fin a uno de los conflictos más prolongados de Medio Oriente.
Desde su detención en 1999, la influencia de Öcalan dentro del PKK ha sido considerable, y sus declaraciones aún poseen un peso significativo entre los simpatizantes del grupo. Si bien el Gobierno turco no ha emitido una respuesta oficial al llamado de Öcalan, las reacciones internacionales muestran un cauto optimismo. Diversas voces dentro y fuera del país abogan por el diálogo como el camino hacia la resolución del conflicto. Sin embargo, los escépticos advierten sobre los desafíos políticos y logísticos que esto puede implicar, dados los recuerdos persistentes de violencia y desconfianza mutua entre las partes involucradas.
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