Hezbolá ha reavivado la tensión en el Medio Oriente tras lanzar tres proyectiles contra el norte de Israel, en respuesta al asesinato del líder supremo iraní, Alí Jameneí, por parte de una alianza militar entre Estados Unidos e Israel. Este ataque se produce después de un alto el fuego que había prevalecido desde 2024, tras un conflicto de dos meses entre ambas partes. Ninguno de los proyectiles lanzados por Hezbolá causó daños ni víctimas, pero provocó una inmediata represalia por parte de la aviación israelí, que bombardeó varios puntos en Líbano, incluida la capital, Beirut. Eyal Zamir, jefe del Estado Mayor de Israel, advirtió que el país vecino pagará «un alto precio» por sus acciones. La situación ha generado un desplazamiento de personas en las áreas chiíes, temerosas de una escalada en el conflicto.
Israel, aunque en un inicio no confirmó la autoría del ataque, posteriormente aseguró que fue obra de Hezbolá, quien se lo atribuyó como represalia por el asesinato de Jameneí y en defensa del territorio libanés frente a los ataques israelíes. Esta acción marca un cambio en la postura de Hezbolá respecto a un reciente conflicto de corta duración entre Israel e Irán, donde había mantenido neutralidad. En medio de las críticas internas y las amenazas externas, el presidente de Líbano, Joseph Aoun, reafirmó que cualquier decisión de guerra o paz recae en el Estado libanés. Por su parte, el primer ministro libanés, Nawaf Salam, calificó el ataque como un acto irresponsable, advirtiendo que podría dar a Israel pretextos para nuevas agresiones, e indicó que se tomarán medidas para proteger al país. La comunidad internacional observa de cerca la creciente tensión, preocupada por una posible escalada del conflicto en una región ya inestable.
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