Hasan Nasralá, el líder del partido-milicia chií Hezbolá, fue asesinado en un bombardeo israelí a las afueras de Beirut este viernes, marcando el fin de una era en el conflicto entre Israel y Líbano. Conocido por sus seguidores como un defensor de los oprimidos y un «sayyed» o descendiente del linaje de Mahoma, Nasralá era una figura polarizante: un terrorista para los países occidentales y un símbolo de resistencia para muchos en el mundo árabe. Su imagen adornaba manifestaciones y entierros de militantes, y su carisma y habilidades oratorias le permitieron consolidar un liderazgo fuerte tanto en Hezbolá como en la política libanesa desde que asumió el cargo en 1992, tras la muerte de su mentor Abbas Al Musawi.
Nasralá lideró a Hezbolá en momentos clave, como la retirada israelí del sur de Líbano en 2000 y la guerra de 2006, que cimentaron su reputación como un líder que había desafiado y, según muchos, derrotado a Israel. Su carrera estuvo marcada por una firme oposición a la ocupación israelí y un fuerte vínculo con Irán, adoptando la doctrina del «velayat e faqih» de Jomeini que favorece el gobierno de los clérigos. Sin embargo, su apoyo al régimen sirio de Bashar Al Asad durante la guerra civil siria, pese a las atrocidades cometidas, empañó su imagen de defensor de los oprimidos. Para algunos, su muerte representa la caída de un terrorista, mientras que para otros es el costo de su alineación con la causa palestina en un contexto de creciente violencia entre Israel y Gaza.
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