

La ansiedad se ha convertido en uno de los problemas de salud mental más frecuentes en la actualidad, afectando a millones de personas en todo el mundo. Los datos muestran una tendencia al alza en los diagnósticos, una realidad que preocupa tanto a profesionales de la salud como a quienes enfrentan diariamente los malestares que esta condición puede generar.
En Estados Unidos, la Alianza Nacional sobre Enfermedades Mentales (NAMI) señala que casi el 20% de la población adulta ha sido diagnosticada con algún trastorno de ansiedad. A nivel global, la Organización Mundial de la Salud estima que más de 360 millones de personas lidian con estos trastornos, que incluyen desde el trastorno de ansiedad generalizada hasta las fobias y el trastorno de pánico. Aunque cada uno presenta síntomas específicos, todos comparten una característica común: una preocupación persistente y excesiva que surge en situaciones que, en realidad, no representan una amenaza.
El aumento en los casos de ansiedad no puede explicarse por una sola causa; es un fenómeno multifactorial que involucra predisposición genética, cambios en los entornos sociales y económicos, sobrecarga laboral y exposición a experiencias traumáticas. La pandemia de COVID-19 ha agravado esta problemática, ampliando la vulnerabilidad especialmente en personas predispuestas o que ya mostraban signos de malestar antes de la crisis sanitaria.
Los síntomas de la ansiedad no solo se manifiestan a nivel emocional, con sentimientos de temor, tensión, inquietud o irritabilidad, sino también en el cuerpo. Las palpitaciones, dificultad para respirar, sudoración, temblores, dolores de cabeza y problemas para dormir son algunas de las señales físicas que evidencian que algo no está bien. La ansiedad puede convertirse en un círculo vicioso que afecta el bienestar general, dificultando la realización de las actividades cotidianas y dañando las relaciones cercanas.
Para quienes buscan maneras de aliviar estos síntomas en el momento, los expertos recomiendan técnicas sencillas como ejercicios de atención plena, respiración profunda, repetir frases afirmativas o mantras, realizar caminatas o actividades físicas, y hablar con alguien de confianza. Además, aceptar los sentimientos en lugar de luchar contra ellos puede ser un paso vital para reducir la intensidad del malestar.
El tratamiento para los trastornos de ansiedad suele variar según la gravedad y el tipo de afección, pero en general incluye psicoterapia, en particular la terapia cognitivo-conductual, y medicación, tales como ansiolíticos y antidepresivos. Complementariamente, técnicas de relajación y enfoques de salud integrativos también han demostrado ser útiles para manejar los síntomas y mejorar la calidad de vida.
Entre las estrategias que han demostrado eficacia se encuentran también las prácticas del aprendizaje de habilidades basadas en la terapia dialéctico-conductual, como la técnica “ABC Please”, que consiste en acumular aspectos positivos, construir habilidades útiles y prepararse para el futuro enfrentando las situaciones que generan ansiedad.
Es importante destacar que la adopción de hábitos saludables puede marcar una diferencia significativa: dormir bien, mantener una alimentación equilibrada, evitar sustancias que alteran el estado de ánimo, realizar ejercicio diariamente y gestionar las emociones de manera activa son pasos que contribuyen a un estado mental más equilibrado.
A medida que la conciencia sobre la salud mental crece, también lo hace la importancia de buscar ayuda profesional y desarrollar hábitos que refuercen el bienestar emocional. La ansiedad, aunque puede ser debilitante, es tratable. Y, sobre todo, nadie está solo en esta lucha.
