Barcelona se ha consolidado como un epicentro culinario para los amantes de la gastronomía japonesa, con restaurantes que reflejan una mezcla interesante de culturas. Uno de ellos es Carlota Akaneya, situado en el corazón del Raval, que desde 2011 ofrece a sus comensales una experiencia única centrada en el sumibiyaki, una parrilla japonesa de carbón vegetal ubicada en el centro de la mesa. Este restaurante nació del deseo de Ignasi Elías de replicar su experiencia en el restaurante Akaneya Junshinken en Kioto, trayendo a Europa la primera experiencia de este tipo. Carlota Akaneya destaca por su oferta de carnes de alta calidad, como la vedella Matsusaka wagyū de A5, y finaliza sus degustaciones con un esclusivo melón japonés, el Crown Melon.
Por otro lado, el Bar Chiqui en el barrio de Sant Antoni es otro ejemplo de la fusión entre tradición catalana y técnica japonesa. Originalmente una taverna de estilo clásico, se ha reinventado con una propuesta de sushi que ha ganado adeptos durante la pandemia, gracias al ingenio de Sònia Riasol y su pareja Douglas Alves. Este bar, que no ha perdido su encantador estilo clásico con mesas de mármol y sifones en el mostrador, ahora ofrece un equilibrado menú que incluye tempuras y sushi al gusto del chef. El ajuste a esta dualidad culinaria ha sido bien recibido por los clientes locales, quienes disfrutan de un vermut matutino entre pan y bocadillos tradicionales, para luego sumergirse en una rica experiencia japonesa al caer la tarde, reflejando así la multiculturalidad que caracteriza a esta ciudad.
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