La reciente victoria electoral de Geert Wilders en los Países Bajos marca un punto de inflexión en la política migratoria de Europa, situando a los partidos ultranacionalistas en el centro del escenario. En la reciente reunión del Consejo Europeo, la agenda migratoria promovida por Wilders y otros líderes de extrema derecha, como Giorgia Meloni en Italia y Viktor Orbán en Hungría, ha ganado tracción en un contexto donde Frontex reporta una disminución del 42% en las entradas de migrantes a la UE. A pesar de estas cifras, el discurso se enfoca en cerrar fronteras, restringir los permisos de asilo y establecer centros de deportación en terceros países, una tendencia que ahora también está siendo adoptada por partidos más moderados, presionados por el auge del nacionalpopulismo.
Este giro hacia posiciones más restrictivas en cuanto a la inmigración se produce en un momento en que Europa enfrenta tensiones internas y externas. Los movimientos nacionalistas, que buscan frenar la inmigración, ven fortalecido su discurso pese a los bajos niveles de migración comparados con las oleadas masivas de 2015. En países como Alemania, Francia y Polonia, la retórica antiinmigración está vinculada a estrategias electorales que explotan el miedo al extranjero, desviando el foco de los serios problemas demográficos internos. A su vez, la creciente influencia de estas fuerzas políticas amenaza con diluir los valores fundacionales de la UE, proporcionando indirectamente una ventaja estratégica a actores externos como Putin, quien ya utiliza la división interna en su estrategia geopolítica.
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