En los últimos años, la dinámica política mundial ha evidenciado una polarización marcada por el resurgimiento del populismo, manifestándose en distintos extremos del espectro político. En Europa y Estados Unidos, figuras como Boris Johnson y Donald Trump han capitalizado el descontento de sectores sociales que sienten que las élites han ignorado sus inquietudes, impulsando movimientos conservadores basados en el nacionalismo. Este fenómeno ha sido interpretado como una respuesta a los efectos negativos de la globalización, especialmente en términos de competencia exterior y movimientos migratorios. Simultáneamente, en América Latina, el descontento social ha llevado al poder a gobiernos de izquierda en varios países, en un intento por redireccionar las políticas hacia una mayor equidad y justicia social. Sin embargo, en los últimos años, el péndulo político ha comenzado a oscilar nuevamente hacia la derecha, con países como Chile, Argentina, y Perú experimentando un retorno al conservadurismo.
Este cambio de tendencia es atribuido a la percepción de que las políticas redistributivas de los gobiernos de izquierda han alcanzado un punto de desgaste, donde el impacto inicial positivo se ha visto limitado por restricciones presupuestarias y consecuencias económicas adversas, como la inflación y el estancamiento económico. Este contexto ha sido aprovechado por líderes conservadores que se presentan como alternativas viables frente a la insatisfacción generada por el estancamiento económico y la inseguridad. En México, sin embargo, el gobierno de Claudia Sheinbaum sigue gozando de altos niveles de aprobación, al menos por ahora, debido a una combinación de reducción de la pobreza y unidad política. La continuidad y éxito de su administración, y por extensión de la «Cuarta Transformación», dependerán de su capacidad para abordar eficazmente la inseguridad y promover el crecimiento económico sostenido, evitando así el destino de otros gobiernos progresistas en la región.
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