
En Chile, el proyecto «Democracia UDP» ha revelado un notable cambio en el clima de opinión pública respecto al sistema democrático. Aunque la mayoría de la población sigue comprometida con la democracia, cada vez más chilenos están dispuestos a relativizar su apoyo en situaciones de urgencia como la delincuencia y la corrupción. Este fenómeno no representa un retorno al autoritarismo tradicional, sino una forma de «autoritarismo pragmático» que sugiere que la democracia puede ser puesta en pausa en algunos aspectos sin dejar de ser el sistema oficial. Actualmente, muchos ciudadanos expresan insatisfacción con la democracia, señalando una desconexión más profunda con las instituciones y los actores políticos, mientras el miedo al delito se posiciona como la preocupación principal del país. Esta atmósfera alimenta un deslizamiento hacia el autoritarismo funcional, donde las emociones negativas predominan sobre las convenciones ideológicas en la política.
Paralelamente, la formación de opinión pública en Chile se ha desinstitucionalizado, con las redes sociales superando a las tradicionales fuentes de información. Esta fragmentación disminuye la intermediación y favorece la proliferación de discursos simples y emocionales. Además, el autoritarismo pragmático se manifiesta de manera desigual según el nivel socioeconómico y la inclinación ideológica. Personas de segmentos más bajos y de derecha muestran un mayor desapego de la democracia, mientras que en grupos más acomodados persiste el apego democrático. Estos clivajes se reflejan en los resultados de las elecciones presidenciales, donde el temor y la percepción de inestabilidad han impulsado el voto hacia candidatos autoritarios en algunas áreas. Así, la tensión actual en Chile se centra entre la democracia y su eficacia más que entre democracia y autoritarismo, presentando un reto monumental para el sistema político, que debe demostrar que puede ofrecer seguridad, justicia y representación para cerrar esta peligrosa brecha.
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