

La historia de Matthew Pascoe es un claro ejemplo de cómo una enfermedad rara y poco conocida puede cambiar radicalmente la vida de quienes la padecen. Este hombre de 33 años, originario de Colchester, en Essex, ha enfrentado desde 2018 una lucha constante contra la gastroparesia, un trastorno que afecta la digestión y que se ha convertido en su compaña diaria de sufrimiento y búsqueda de soluciones.
Todo empezó con náuseas frecuentes y episodios de deshidratación que lo llevaron a buscar atención médica en varias oportunidades, creyendo inicialmente que se trataba de una infección o una complicación más común. Sin embargo, los síntomas empeoraron rápidamente; en cuestión de meses, Pascoe perdió casi la mitad de su peso, pasando de 14 a 7 kilos. La naturaleza de su enfermedad quedó claramente evidenciada cuando tras una serie de estudios y derivaciones, los especialistas detectaron que sufría de gastroparesia, un trastorno en el que los músculos del estómago no logran mover los alimentos hacia el intestino, provocando náuseas, vómitos crónicos y un retraso en el vaciamiento gástrico.
La enfermedad, que en general se relaciona con la diabetes (especialmente la tipo 1), cirugías previas o infecciones virales, no tiene cura definitiva. Los tratamientos tradicionales incluyen medicación y cambios en la dieta, pero en casos severos como el de Pascoe, estos resultados pueden ser limitados. En su caso, la batalla médica fue larga y llena de incertidumbre. Los primeros diagnósticos erróneos, la falta de recursos para atención especializada y la gravedad de sus síntomas complicaron aún más su situación. La familia, desesperada, gestionó una derivación privada a un especialista que finalmente modificó su tratamiento y le recomendó la implantación de un neuroestimulador gástrico.
Este dispositivo, que es implantado quirúrgicamente en el abdomen, envía pulsos eléctricos suaves a los nervios y músculos del estómago, ayudando a reducir los síntomas más severos. La intervención, realizada en 2019 tras recoger fondos, fue un paso fundamental en su recuperación. Antes de ello, Pascoe solo podía ingerir líquidos, en su mayoría sopas, y su calidad de vida era prácticamente nula. La implantación del neuroestimulador le permitió «volver a sentir curiosidad por la comida», según sus propias palabras. Sin embargo, la buena fortuna no duró para siempre; la batería del dispositivo ha llegado a su fin y requiere un costoso reemplazo, cercano a los 15,000 euros, una suma difícil de cubrir.
Mientras tanto, su dieta ha tenido que reducirse aún más, limitándose a alimentos líquidos y batidos nutricionales o, en el peor de los casos, alimentación por sonda. La enfermedad es inclemente no solo en lo físico, sino en su impacto emocional. Pascoe describe cómo la gastroparesia altera todos los aspectos de su vida, aislándolo socialmente y generándole una sensación de invisibilidad y desamparo. «Es una enfermedad que cambia la vida», afirma con pesar, y en sus palabras se percibe la lucha constante por mantener la esperanza y buscar mayor visibilidad para una condición que aún es poco conocida.
Él mismo ha expresado que su experiencia refleja la necesidad de mayor investigación y reconocimiento de la gastroparesia, especialmente en pacientes con diabetes tipo 1, quienes enfrentan un doble desafío. La condición no solo genera complicaciones digestivas, sino que también puede empeorar los niveles de glucosa en sangre y contribuir a un deterioro físico progresivo.
Pascoe ha aprendido a adaptar su estilo de vida, evitando especias y carnes rojas, y optando por una alimentación mucho más controlada y limitada. La esperanza de que el neuroestimulador siga funcionando por más tiempo se entrelaza con la preocupación por su deterioro inminente, que podría dejarlo sin opción alguna antes de lo esperado. Su historia pone sobre la mesa una realidad dolorosa: muchas personas con casos similares no reciben la atención que necesitan, y enfrentan no solo a la enfermedad, sino también al olvido del sistema médico y social.
La lucha de Pascoe es, en definitiva, la lucha de muchos otros pacientes que día a día enfrentan los efectos silenciosos de un trastorno que requiere mayor conocimiento, recursos y empatía. La ciencia avanza, pero aún hay un largo camino por recorrer para que condiciones como la gastroparesia sean tratadas con la atención y comprensión que merecen. Mientras tanto, estos pacientes continúan navegando en un mar de incertidumbre, buscando recuperarse y, sobre todo, ser vistos como personas con historias y necesidades reales.
