

La forma en que nuestro cerebro trabaja en la toma de decisiones es mucho más compleja y fascinante de lo que solemos creer. La neuropsicóloga Lucía Crivelli, quien lidera la sección de Neuropsicología en Adultos en Fleni, ha destacado que muchas de las decisiones cotidianas y también las que parecen más trascendentales están influenciadas en gran medida por factores del contexto y las emociones, a menudo de forma más poderosa de lo que podemos notar.
Durante una entrevista en el programa Infobae en Vivo, Crivelli profundizó en los mecanismos que subyacen a este proceso y cómo los sesgos cognitivos, esas ataduras automáticas en nuestro pensamiento, condicionan nuestra libertad al elegir. La especialista remarcó que investigaciones respaldadas por premios Nobel de Economía como Daniel Kahneman y reconocidos neurocientíficos como Antonio Damasio demuestran que la lógica racional no es el único ni el principal motor en nuestras decisiones diarias. En realidad, las tendencias automáticas, las emociones y el entorno que nos rodea pesan mucho más de lo que la cultura popular suele aceptar.
Uno de los conceptos clave en la explicación de Crivelli es la teoría de las perspectivas, introducida por Kahneman en 2002. Esta teoría revolucionó la comprensión de cómo tomamos decisiones, revelando que en nuestro cerebro operan al menos dos sistemas en paralelo. El sistema uno funciona de manera impulsiva y automática, guiado por memorias y decisiones pasadas, sin requerir esfuerzo consciente. Por otro lado, el sistema dos se activa para las decisiones racionales y deliberadas, pero suele ser menos utilizado debido a la resistencia de nuestro cerebro a esforzarse por pensar de manera consciente.
La confusión frecuente radica en pensar que nuestra mente predomina por completo en la deliberación racional. Crivelli aclara que en realidad muchas decisiones que creemos fruto de la lógica son, en el fondo, automáticas y dominadas por el sistema uno. Esta tendencia automática hace que ciertos sesgos cognitivos actúen como atajos mentales, heurísticos, que distorsionan nuestra percepción de la realidad y nos llevan a conclusiones equivocadas.
Un ejemplo claro de estos sesgos es el de confirmación, que nos lleva a buscar y recordar solo las pruebas que avalan nuestras creencias previas, ignorando aquellas que las cuestionarían. Si pensamos, por ejemplo, que nuestro perro nos entiende, recordaremos solo cuando hace lo que le pedimos y atribuiremos su silencio a una distracción en las ocasiones en que no obedece, reforzando esa creencia sin analizar objetivamente su comportamiento.
Otro sesgo importante es el de disponibilidad, que nos hace temer más a eventos que recordamos con facilidad, aunque estadísticamente sean menos peligrosos. Un ejemplo cotidiano es que muchas personas sienten más temor a un ataque de tiburón tras ver noticias de accidentes con estos animales, que a morir por la gripe, que es mucho más frecuente.
El fenómeno del anclaje también tiene un papel relevante en nuestras decisiones diarias. Se refiere a cómo un número o información inicial impacta en nuestras percepciones posteriores. En las compras, esto se ve claramente en los precios redondeados o en las ofertas que parecen más atractivas por el valor que se nos presenta primero, aunque en realidad no hayan cambiado.
Crivelli enfatiza además la influencia del contexto o “marco de referencia” en la decisión. La forma en que se presenta la información puede cambiar radicalmente cómo percibimos una opción. Por ejemplo, un producto marcado como “90% libre de grasa” se ve mucho más atractivo que si nos dicen que tiene “10% de grasa”, aunque ambas frases describen lo mismo.
Un aspecto que suele pasar desapercibido en las decisiones críticas, como cambiar de trabajo, mudarse o tener un hijo, es la conexión entre cuerpo y mente. La neurocientífica Antonio Damasio mostró que las sensaciones viscerales, esa sensación de “tener el estómago en nudo” o la tensión muscular, suelen manifestarse antes de que la persona razone. Esto implica que, en muchas ocasiones, nuestras respuestas emocionales y fisiológicas anticipan las decisiones, evidenciando que el cuerpo también juega un papel fundamental en nuestra elección.
Para finalizar, Crivelli subraya que entender que tanto las emociones, las sensaciones corporales y el contexto influyen en nuestras decisiones, no significa que la razón quede totalmente marginada. La clave está en reconocer estos mecanismos para tomar decisiones más conscientes y objetivas. Después de todo, comprender cómo funciona nuestro cerebro en estos procesos puede ayudarnos a navegar mejor en las decisiones diarias y en los momentos que realmente cambian nuestro rumbo en la vida.
