

En los últimos años, ha crecido la preocupación en torno a los ingredientes que se utilizan en la industria alimentaria, especialmente en los productos procesados y alimentos industriales. Uno de los temas que ha visto un aumento en su atención es la presencia de aromas artificiales que simulan el olor y sabor a humo, muy utilizados para dar un toque ahumado a diversos alimentos, desde embutidos hasta snacks y platos congelados.
Expertos en salud y seguridad alimentaria advierten que estos compuestos sintéticos, aunque populares por su coste económico y facilidad de uso, podrían estar relacionados con riesgos para la salud. La principal inquietud radica en su potencial capacidad de dañar el ADN, un fenómeno conocido como genotoxicidad, que puede incrementar las probabilidades de desarrollar enfermedades como el cáncer.
Desde Europa, organismos reguladores como la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria han estado revisando la seguridad de ocho aromas a humo artificial presente en el mercado desde hace más de una década. Aunque hasta ahora no se ha prohibido su uso completo, la evidencia científica sugiere que estos compuestos podrían alterar el material genético, especialmente en concentraciones elevadas o con exposición frecuente. La diferencia con el humo tradicional, obtenido mediante la exposición directa de los alimentos al humo natural, radica en que los aromas sintéticos contienen sustancias químicas derivadas del humo, pero sin cumplir los mismos procesos de conservación o cocción.
El cardiólogo Aurelio Rojas explicó que estos aromas modifican el sabor de los productos sin ofrecer las mismas funciones del humo natural, y que su interacción con el ADN puede generarse a través de mecanismos de oxidación o formación de aductos, que a largo plazo podrían derivar en mutaciones. Es decir, más allá de los efectos inflamatorios o cardiovasculares asociados a otros componentes del humo tradicional, estos aditivos podrían tener un impacto directo en la integridad genética.
Lo más alarmante es que estos aromas, utilizados por su bajo coste, se encuentran en una gama sorprendentemente amplia de alimentos considerados saludables o menos procesados. Legumbres en conserva, hummus, tofu, quesos procesados y hamburguesas vegetales son algunos ejemplos de productos en los que pueden estar presentes, sin que el consumidor siempre pueda detectar su presencia fácilmente solo con la lectura de la etiqueta. La palabra «aroma de humo» o «humo líquido» en los ingredientes suele ser el único indicio de su adición, algo que muchas personas pasan por alto.
Mientras que la Unión Europea ha establecido un calendario para la retirada paulatina de estos aromatizantes, que va desde 2024 hasta 2029, la implementación de estas medidas aún está en proceso. Pese a ello, la recomendación de los especialistas es revisar cuidadosamente las etiquetas de los productos y optar por alimentos frescos o mínimamente procesados, que dejan atrás estos aditivos potencialmente dañinos. La vigilancia en el etiquetado y la preferencia por preparaciones caseras siguen siendo las mejores estrategias para reducir la exposición a sustancias cuyas implicaciones para la salud todavía son motivo de estudio y debate.
En definitiva, el debate sobre los aromas artificiales de humo en los alimentos refleja una creciente conciencia sobre la necesidad de evaluar no solo el sabor y la apariencia, sino también la seguridad a largo plazo de los ingredientes que consumimos día a día. Con la ciencia poniendo en evidencia los posibles riesgos, el consumo informado y una dieta basada en alimentos naturales se presentan como las mejores opciones para cuidar tanto la salud como el bienestar general.
