En el vibrante Madrid de los años 80, un joven conmovido por los devastadores efectos de la drogadicción en la sociedad tomó la decisión radical de ordenarse sacerdote. Su misión era clara: brindar apoyo y esperanza a aquellos atrapados en el ciclo destructivo de las adicciones. Durante sus años en la Iglesia Católica, trabajó incansablemente en programas de rehabilitación y apoyo comunitario, convirtiéndose en una figura de compasión y resiliencia para quienes luchaban contra sus propios demonios personales. Su labor no solo se centraba en la ayuda directa, sino también en sembrar conciencia en una comunidad que batallaba con los desafíos sociales y económicos de la época.
Sin embargo, con el tiempo, este mismo sacerdote sintió que las estructuras eclesiásticas limitaban su vocación de servicio. Después de profundas reflexiones y discernimiento personal, tomó la valiente decisión de abandonar la Iglesia, aunque ello no significó abandonar su compromiso con los demás. Fuera de la institución religiosa continuó su labor, dedicándose a desarrollar iniciativas de integración social y programas de asistencia tanto en Madrid como en otras áreas necesitadas. Su historia refleja una trayectoria de compromiso inquebrantable con el bienestar ajeno, demostrando que los valores de solidaridad y empatía pueden trascender la institución religiosa para manifestarse en acciones concretas que transforman vidas.
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