

Durante los últimos dos años, el mercado europeo ha observado con interés cómo grandes corporaciones están reconfigurando sus estrategias para enfocarse en mercados más predecibles. Telefónica, por ejemplo, ha decidido reducir su presencia en Hispanoamérica, centrándose en sus cuatro mercados prioritarios: España, Brasil, Alemania y Reino Unido. Iberdrola, por otro lado, ha marcado su paso al vender parte de sus centrales en México por aproximadamente 6.000 millones de dólares, en un movimiento descrito como «disciplina financiera». Sin embargo, esta tendencia a desfocalizar activos de infraestructura crítica podría estar creando nuevos vacíos de poder.
El repliegue de estas empresas europeas, aunque estratégico desde un punto de vista corporativo, deja en evidencia que los activos vendidos no son simplemente mercancías intercambiables. Infraestructuras esenciales como energía, logística y redes funcionan como los cimientos económicos de una región. Y cuando las empresas occidentales dejan de lado estas inversiones, incluso temporalmente, los efectos podrían ir más allá de las ventajas individuales para los inversores.
El puerto de Chancay en Perú destaca como un ejemplo crucial de esta dinámica. COSCO Shipping, en colaboración con socios locales, ha presentado este proyecto como una pieza clave para mejorar el comercio hacia Asia. Detrás de estas inversiones existe un potencial de rentas invisibles y una influencia significativa sobre decisiones industriales, destacando la importancia de controlar nodos logísticos estratégicos.
Aun en otro punto cardinal, Panamá se convierte en testigo de las tensiones geopolíticas alrededor de su infraestructura vinculada al Canal. La compra del Panama Canal Railway por un consorcio liderado por BlackRock es un indicativo de cómo Estados Unidos busca proteger activos cruciales en el tránsito global. Mientras, la presencia de operadores asiáticos genera un debate sobre quién tiene el verdadero poder físico sobre el comercio internacional.
En el contexto del litio, Europa parece miopemente enfocada en la extracción, pero la verdadera revolución reside en el refinamiento y la cadena de valor expandida. En el «Triángulo del Litio» formado por Chile, Argentina y Bolivia, la influencia china no puede ser ignorada. Presencia mediante capital y contratos, este país busca no solo asegurar el mineral sino controlar partes decisivas de la cadena productiva, algo que configura la dinámica de poder futuro.
La electrificación, un proceso clave en el mundo contemporáneo, también está en juego. La entrada silenciosa pero decisiva de la State Grid china en la distribución eléctrica en América Latina ha modificado el panorama del sector. Poseer y operar estas redes no solo asegura flujos financieros estables, sino que otorga un poder estructural que influye en la industrialización y resiliencia de un país.
Además, las finanzas juegan un papel crucial en esta transformación. Con la escasez de financiación en dólares, países como Argentina se han visto abocados a alternativas como el swap con China, una herramienta que ha mitigado tensiones de reserva y comercio, y que ofrece a China una oportunidad de consolidar su influencia sin necesidad de intervención directa.
La narrativa que estamos presenciando no sugiere una colonización tradicional, sino un «re-cableado» de sectores estratégicos bajo la influencia de nuevos actores globales. Aunque las acciones de compañías como Telefónica e Iberdrola pueden parecer beneficiosas para sus inversores inmediatos, es crucial que se reconsideren estas decisiones en el marco de la repartición del control económico global.
Para los inversores, prestar atención a estas dinámicas será fundamental. La importancia de los activos “cuello de botella” no debe subestimarse, y la cadena de valor del litio más allá de las minas podría determinar la estabilidad de futuras inversiones. Asimismo, el riesgo regulatorio y político aumenta a medida que el poder sobre infraestructuras críticas cambia de manos.
Finalmente, las preguntas sobre quién tiene el poder económico en nuestras regiones se vuelven más pertinentes que nunca. En tiempos de cambios geopolíticos, es esencial comprender que las decisiones corporativas locales pueden tener un impacto global, alterando el equilibrio del poder económico de maneras complejas y a menudo invisibles.
