
Un análisis con tecnología moderna sobre restos olvidados durante más de un siglo en los sótanos del Museo Egipcio de El Cairo ha revelado que varias princesas del Imperio Medio egipcio practicaban tiro con arco y manejaban armas de forma habitual, hace unos 3.700 años. El hallazgo obliga a revisar la idea de que las mujeres de la élite solo portaban armas como símbolo decorativo.
Los restos pertenecen a un rey de la decimotercera dinastía, Hor, sepultado junto a cinco princesas de la dinastía anterior, la duodécima. Se descubrieron en las excavaciones que el arqueólogo Jacques de Morgan dirigió a finales del siglo XIX en Dahshur, al sur de El Cairo, y permanecieron sin estudiar en profundidad hasta ahora.
El equipo de bioarqueología que ha revisado los huesos encontró marcas compatibles con el uso continuado de arco, junto a lesiones y desgaste físico poco habituales entre la nobleza de la época. En la tumba de la princesa Ita apareció una daga, y los restos de su brazo muestran alteraciones en los metacarpos e hipertrofia muscular propias de quien entrena y combate con regularidad, no de quien solo posa con un arma para la eternidad.
No todo apunta a una vida de privilegio sin consecuencias. El rey Hor presenta signos de desnutrición o infección infantil, y algunas princesas sufrieron osteopenia, pérdida de densidad ósea, en la madurez. También se identificaron anomalías congénitas como fusión de vértebras y espina bífida, lo que sugiere matrimonios entre parientes cercanos dentro de la familia real, una práctica habitual en las dinastías egipcias para reforzar alianzas, aunque con coste para la salud de los descendientes.
El hallazgo reabre un debate antiguo en la egiptología: si los arcos, flechas y dagas que aparecían en tumbas femeninas eran solo símbolos rituales o herramientas que estas mujeres usaban en vida, en entrenamiento militar o defensa personal. La evidencia ósea empuja hacia la segunda opción.
El equipo también aplicó espectroscopía infrarroja a los materiales de embalsamamiento y encontró una mezcla de resinas y plantas de enebro, un protocolo reservado a la nobleza. El siguiente paso, según los investigadores, es sumar análisis de ADN e isótopos para reconstruir el origen, la dieta y los vínculos familiares de cada uno de estos individuos, más allá del inventario de joyas y objetos que los acompañaron en el enterramiento.
Otros descubrimientos recientes sobre el Antiguo Egipto también están cambiando lo que se daba por hecho sobre sus costumbres, como recoge este repaso a ocho enigmas históricos resueltos por la ciencia en 2025. El egiptólogo José Miguel Parra insiste en que Egipto es mucho más que las pirámides, y este tipo de análisis óseo es buena prueba de ello: la historia cotidiana de la corte egipcia todavía guarda sorpresas.
En Dahshur, al sur de El Cairo, durante las excavaciones que Jacques de Morgan dirigió a finales del siglo XIX. Los restos se conservaron después en los sótanos del Museo Egipcio de El Cairo.
Unos 3.700 años. Pertenecen al rey Hor, de la decimotercera dinastía, y a cinco princesas de la duodécima dinastía, en el periodo del Imperio Medio.
Marcas óseas de uso continuado de arco y una daga hallada en la tumba de la princesa Ita, cuyo brazo muestra alteraciones en los metacarpos e hipertrofia muscular propias de quien entrena con armas.
El rey Hor mostró signos de desnutrición o infección en la infancia, algunas princesas sufrieron osteopenia y varios individuos presentaban anomalías congénitas como fusión de vértebras y espina bífida.
Porque este tipo de malformaciones congénitas son más frecuentes cuando hay endogamia, una práctica habitual en las dinastías egipcias para reforzar alianzas dentro de la familia real.
El equipo científico planea sumar análisis de ADN e isótopos para reconstruir el origen, la dieta y las conexiones familiares de cada individuo.
