

Nuevos hallazgos científicos sugieren que las secuelas neurológicas del COVID-19 podrían estar relacionadas con daños a largo plazo en el cerebro, similares a los que ocurren en enfermedades como el Alzheimer. Un estudio reciente, publicado en la revista eBioMedicine y llevado a cabo por el programa de salud del World Trade Center en la Universidad de Stony Brook, analizó los efectos sanguíneos de personas que padecieron Long COVID con síntomas persistentes durante más de un año y medio. La investigación reveló que en estos pacientes los niveles de tau, una proteína vinculada a la neurodegeneración, aumentaron en un promedio del 59% comparado con sus propios niveles antes de contraer el virus.
Este hallazgo es especialmente relevante porque la proteína tau, cuando se vuelve anormal, se acumula en formas que dañan las células cerebrales, formando ovillos que contribuyen al deterioro cognitivo y a la memoria, características clásicas del Alzheimer. La presencia de tau fosforilada (pTau-181) en la sangre, que indica daño neuronal, apunta a un potencial proceso neurodegenerativo en marcha tras la infección por COVID-19.
La investigación también comparó a los pacientes con Long COVID con un grupo control que participó en la respuesta al atentado en el World Trade Center, quienes no contrajeron COVID-19 ni mostraron síntomas neurológicos persistentes. Los resultados mostraron que, en este grupo, no hubo aumento en los niveles de tau, lo que refuerza la hipótesis de que las alteraciones observadas están vinculadas específicamente a la infección y sus secuelas neurológicas.
Uno de los aspectos más inquietantes del estudio es que los niveles elevados de tau en aquellos con Long COVID podrían anticipar una posible progresión hacia un deterioro cognitivo avanzado a medida que envejecen. Aunque aún no hay certezas definitivas sobre si estos cambios en la proteína tau inevitablemente conducen a enfermedades neurodegenerativas, la evidencia sugiere la necesidad de monitorear de cerca a quienes experimentan síntomas neurológicos prolongados tras la infección.
Expertos en neurociencia y salud pública advierten que estos daños cerebrales postagudos podrían durar años y complicar aún más la recuperación de quienes sufren de Long COVID. La llama de la alerta también la aporta la posibilidad de que el virus, mediante la alteración de las proteínas neuronales, contribuya a mecanismos biológicos similares a los que se desencadenan en el Alzheimer.
El director del programa en Stony Brook, Benjamin J. Luft, destaca que estos resultados abren una puerta a revisar los riesgos a largo plazo del COVID-19 y a considerar que la conexión entre infecciones virales y enfermedades neurodegenerativas podría ser más estrecha de lo que se pensaba. La comunidad científica insiste en que será fundamental validar estos hallazgos mediante técnicas de neuroimagen, que permitan una correlación más directa entre los niveles sanguíneos de tau y el daño estructural en el cerebro.
Por ahora, los investigadores advierten que estos datos no son definitivos ni establecen una causalidad absoluta, pero sí ratifican la importancia de seguir investigando las implicaciones neurológicas del COVID-19 y de implementar estrategias de seguimiento clínico para quienes muestran síntomas persistentes. La posibilidad de que una infección que en su momento parecía limitada pueda tener efectos perjudiciales en la salud cerebral a largo plazo subraya la gravedad de la pandemia y la necesidad de abordar sus secuelas desde una perspectiva multidisciplinaria.
