La situación en Irán se caracteriza por una guerra asimétrica en la que, a pesar de la superioridad militar de Estados Unidos e Israel, la victoria no está garantizada y el conflicto parece estar entrando en una fase de desgaste. Expertos indican que Teherán utiliza una estrategia de resistencia, mientras que el nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, reitera el compromiso de venganza por las «sangres de los mártires». En un escenario donde los misiles y drones más económicos son la norma, la presión se concentra en el estratégico estrecho de Ormuz, controlado por Irán, complicando las operaciones militares estadounidenses.
Con el alto costo de la guerra, que se estima supera los 11.300 millones de dólares en solo seis días, el contraste entre las armas iraníes y las de Occidente es notable. Irán, con drones que cuestan entre 20.000 y 50.000 dólares, reemplaza la dependencia de arsenales costosos de sus adversarios, lo que pone en entredicho la capacidad de Washington y Tel Aviv para mantener una ofensiva prolongada. La victoria, por ahora, se define de manera distinta para cada bando: mientras para Irán simplemente resistir sería un triunfo, para Estados Unidos e Israel el objetivo de desmantelar el régimen persa se vuelve cada vez más esquivo. Sin un cambio político interno en Irán, la guerra podría extenderse aún más, manteniendo en tensión una región que se aferra a su capacidad de resistencia.
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