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Cinco indicadores de sedentarismo y estrategias para evitar sus efectos negativos

La inactividad física es uno

La inactividad física se ha convertido en uno de los principales factores que amenazan la salud global y la calidad de vida de las personas en todo el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca de 1.400 millones de adultos, es decir, uno de cada cuatro en el planeta, no cumple con las recomendaciones mínimas de actividad física. Esta tendencia al alza en diversos países representa un riesgo importante para la prevención de enfermedades crónicas y la mejora de la longevidad.

El sedentarismo, definido por expertos como Suzanne Steinbaum, cardióloga de Heart-Tech Health, como cualquier comportamiento de vigilia que implique un gasto energético menor a 1,5 equivalentes metabólicos, especialmente sentado o acostado, tiene efectos nocivos que muchas veces pasan desapercibidos. La OMS aconseja realizar entre 150 y 300 minutos de actividad aeróbica moderada por semana, o entre 75 y 150 minutos de ejercicio vigoroso, además de incluir en la rutina al menos dos días de entrenamiento de fuerza. La realidad muestra que muchas personas no alcanzan estos niveles, lo que actúa como una señal temprana de advertencia para el cuerpo.

El impacto de la inacción se refleja rápidamente en nuestra fisiología. Solo tras dos semanas sin movimiento, el cuerpo puede comenzar a perder masa muscular y presentar cambios metabólicos que predisponen a obesidad, resistencia a la insulina y enfermedades cardiovasculares. Permanecer sentado durante períodos prolongados no solo afecta la musculatura, sino que también deteriora la circulación sanguínea, lo que a la larga puede derivar en problemas como varices, hinchazón y mayor riesgo de coágulos.

Para quienes pasamos muchas horas en una oficina o en actividades que requieren estar en la misma posición, la recomendación es limitar los períodos de inactividad a no más de 60 minutos. Incorporar pequeños movimientos como levantarse, caminar o realizar sentadillas breves ayuda a estimular la circulación y prevenir el estancamiento. Estudios indican que estos «snacks de ejercicio» incrementan la energía y disminuyen la fatiga, promoviendo un organismo más revitalizado.

El cansancio excesivo que muchas veces atribuímos al estrés o a una mala alimentación puede, en realidad, ser un signo de que nuestro cuerpo está pidiendo movimiento. La inactividad debilita el corazón, los pulmones y los músculos, haciendo que la sensación de agotamiento se acentúe en pocos días. Sin embargo, incluso ejercicios leves, como caminar 20 minutos tres veces por semana, pueden aumentar los niveles de energía hasta en un 20%, demostrando que movernos, por mínimo que sea, es fundamental para nuestro bienestar.

El efecto negativo del sedentarismo no termina en la fatiga o en la pérdida de masa muscular, sino que también induce un enlentecimiento del metabolismo. Cuando el gasto calórico regular disminuye y la ingesta calórica se mantiene igual, el exceso de energía se traduce en acumulación de grasa, aumentándose así el riesgo de obesidad, diabetes y enfermedades del corazón. Como explica la fisióloga de la Universidad de Columbia, Aimee Layton, la disminución del flujo sanguíneo y la actividad metabólica genera un círculo vicioso que puede desembocar en problemas graves si no se actúa a tiempo.

La salud cardiovascular, en particular, está estrechamente vinculada a la cantidad de movimiento que incorporamos en nuestra rutina diaria. Realizar al menos treinta minutos de actividad moderada cinco días a la semana es una de las mejores formas de cuidar el corazón. Los estudios muestran que cada hora adicional de sedentarismo aumenta notoriamente el riesgo de padecer afecciones cardiovasculares. Por ello, una simple caminata o pausas activas en la jornada laboral pueden marcar la diferencia.

En definitiva, la clave está en la constancia y en la incorporación de movimientos cotidianos. Desde tareas simples como subir escaleras, hacer estiramientos o dejar de lado la posición fija durante largos períodos, hasta actividades más estructuradas, todos estos pequeños gestos ayudan a mantener la salud integral. La inacción no solo afecta al sistema cardiovascular, sino que también compromete nuestra salud respiratoria, metabólica y mental.

Moverse, aunque sea poco, es un acto de cuidado personal que permite revitalizar el organismo, mantener la energía y prevenir complicaciones futuras. La ciencia es clara: el cuerpo humano no está diseñado para estar inactivo por largos períodos, y la voluntad de cambiar pequeños hábitos puede transformar nuestra calidad de vida en el largo plazo.

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