El fuerte terremoto de magnitud 7,7 que sacudió Myanmar ha dejado al país sumido en el caos, exacerbando las ya críticas condiciones provocadas por cuatro años de guerra civil. Las comunicaciones son precarias, y la cifra exacta de víctimas sigue siendo incierta, aunque las estimaciones sugieren un número de muertos que podría superar los 10,000. Mandalay, la segunda ciudad más grande de Myanmar, ha sido especialmente golpeada, con la mayoría de sus edificios colapsados y los esfuerzos de rescate complicados por la falta de maquinaria pesada. La junta militar en el poder confirmó más de 1,000 muertes y miles de heridos, mientras que en la vecina Tailandia, las réplicas han causado al menos seis muertes y cientos de personas siguen atrapadas entre los escombros.
El líder del gobierno militar de Myanmar, Min Aung Hlaing, ha hecho un inusual llamado a la comunidad internacional para recibir ayuda, mientras que organizaciones como la ASEAN ya han comenzado a movilizarse. Las dificultades son inmensas: la infraestructura de Myanmar está severamente dañada, con importantes aeropuertos como el de Naypidó cerrados, y las comunicaciones cortadas en ciudades como Yangón y Mandalay. A pesar de esto, países como China y Corea del Sur han confirmado su asistencia, y la ONU ha incrementado su fondo de emergencia para apoyar los esfuerzos de socorro. Este desastre natural se suma a un contexto ya de por sí complicado por tensiones políticas y económicas, aumentando el sufrimiento de una población que enfrenta desafíos monumentales para su recuperación.
Leer noticia completa en El Pais.